¿Quieres saber más acerca de este infame autor de desdichas?
La semana pasada hablamos de la Ley de Murphy y su relación con el Bingo. Pero nos llamo mucho la atención y queremos explorarlo más a fondo. ¿Quién era Murphy? ¿Cuál es la filosofía de esta ley? ¿Y que significado tiene para nosotros en el mundo del bingo?
Son pocos los que no la han invocado alguna vez, culpándola de ser la infame autora de sus desdichas y olvidándose de que podría ser la propia incompetencia la causa principal de los desaciertos. Los que así actúan la han visto operar en su contra con irrefutable veracidad y contundencia en múltiples ocasiones. Con desaliento, observan cómo, ante un fracaso, todo parece venírseles abajo en una dolorosa reacción en cadena que se desarrolla a lo largo de una serie de acontecimientos desdichados y consecutivos, efecto dominó, cuya explicación creen encontrar en una ley: la devastadora y bien conocida Ley de Murphy.
¿Quién era Murphy?
Como en todo misterio, existen varias versiones con respecto al origen y detalles de cómo se formuló inicialmente la Ley de Murphy. De cierto se sabe que Edward A. Murphy Jr. la enunció por vez primera alrededor del año de 1949, cuando trabajaba como ingeniero de desarrollo con cohetes y rieles de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.
En esa época, los científicos hacían experimentos destinados a probar la resistencia humana a las fuerzas G, durante una desaceleración rápida, dentro de una centrífuga. Las pruebas usaban un cohete sobre rieles con un complejo sistema de frenos en un extremo. Inicialmente solo se probaba con muñecos humanoides, atados a una silla de trineo. Cuando el capitán John Paul Stapp reemplazó al muñeco, se puso en tela de duda la precisión de los instrumentos utilizados para medir dichas fuerzas. Se comprobó, entonces, que algunos de los instrumentos habían sido instalados incorrectamente por el asistente de Murphy, que, por error, había cableado cada sensor al revés.
Fue entonces cuando, frustrado, Murphy enunció su famosa frase contra el asistente: «Si esa persona tiene una forma de cometer un error, lo cometerá».Un testigo de la escena acuñó la frase y la condensó de esta forma:
«Si algo malo puede ocurrir, ocurrirá».
En adelante, la frase sirvió para burlarse de Murphy, a quien se le reprochaba su arrogancia.
Con el tiempo, la ley de Murphy se citó en varios libros que se publicaron sobre distintos temas. Finalmente se definió así: «Todo lo que pueda salir mal, pasará». Esta definición sirvió de epígrafe al libro The Butcher: The Ascent of Yerupaja de John Sack, en 1952.
La filosofía de la Ley
Pero llegado el momento, lo que importa no es como se intuyó en principio o las circunstancias en las que nació. Básicamente el espíritu de esta ley se inclina por el llamado principio de diseño defensivo: el anticipar los errores que el individuo probablemente cometerá y sus consecuencias.
Porque estas cosas realmente suceden, y nos han pasado a todos, esta filosofía se hizo popular con rapidez como respuesta a todas las calamidades. Se extendió a todas las áreas del quehacer humano y pasó al dominio popular con algunos cambios.
¿Cuál es el motivo por el que se hizo tan famosa?
La razón es simple: cuando una secuencia de sucesos desafortunados pone en peligro la confianza de los otros en nuestra capacidad para resolver los problemas, necesitamos una explicación sobrenatural que nos excuse. Así, culpamos al Destino por las sucesivas desdichas, quedamos liberados de toda responsabilidad y ocultamos nuestra incompetencia.
Condiciones de posibilidad de la ley de Murphy
Anteriormente habíamos dicho que una de las interpretaciones de ley, era: «Todo lo que pueda salir mal, pasará». Y vaya que hay millones de cosas que pueden salir mal si somos descuidados en el manejo de los diversos elementos de un proyecto. En este aspecto nos puede dar luz la lógica. Si emprendemos un proyecto en desacuerdo con las leyes de la lógica, el proyecto saldrá mal. No puede haber círculos cuadrados o triángulos redondos, ni en este ni en ninguno de todos los mundos posibles. Sin embargo, algo puede salir mal, no porque se oponga a las leyes de la lógica, sino porque no se cuenta con la tecnología adecuada para desarrollar el proyecto. En este caso podría formularse la ley de esta forma: Todo lo que pueda salir mal, por falta de medios tecnológicos, humanos o conocimientos específicos para su desarrollo, saldrá mal, lo cual se convierte en un enunciado demasiado obvio. Hasta un niño lo sabe: si no tiene un lápiz, para escribir, no podrá escribir con lápiz. Si carece de una moneda para comprarse un helado, no se comprará el helado.
Aspectos psicológicos de la ley.
La definición: Si algo malo puede ocurrir, ocurrirá, se refiere, más bien, a los fenómenos naturales: si una falla tectónica es probable causa de un terremoto, el terremoto ocurrirá en algún momento; si una caldera incrementa la presión más allá de su capacidad, explotará.
La Ley de Murphy, como ha sido formulada, determina un evento (o varios), lo sitúa fuera de nuestra voluntad, prescinde de nuestra inteligencia y relega al azar toda participación humana en su desarrollo. Si un individuo puede cometer un error (y todos, sin excepción, somos susceptibles a cometer errores) lo cometerá.
Considerada de esa manera, la ley de Murphy se inscribe como una ley más de la naturaleza que podemos conocer, pero cuyo cumplimiento nos es imposible evitar.
Pero, ¿es esto así? Planteemos la ley desde otro ángulo: si creemos que un suceso desafortunado es el comienzo de una cadena de eventos del mismo tipo, es probable que así suceda. Nótese que aquí hemos agregado dos elementos importantes: «si creemos» y «probable».
¿En qué contrastan ambas posiciones? Bueno, la diferencia es que el último enunciado incluye al individuo como uno de los motores que influyen en el resultado de los acontecimientos. Si alguien cree que es incapaz de realizar una tarea, probablemente la tarea salga mal. ¿Por qué? Porque se acerca a ella con temor y desconfianza, titubea, se siente inseguro de sus conocimientos y destrezas y la atención que debería dedicar al trabajo se diluye en una serie de suposiciones, tal vez infundadas. Si estos factores confluyen, la tarea saldrá mal y no habrá mejor justificación que achacarle el fracaso a una extraña criatura que, en forma de ley, determina nuestros infortunios: un Destino implacable y feroz.
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